La Era De Las Turbulencias Aventuras En Un Nuevo Mundo Alan Greenspan

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La era de las turbulencias: Aventuras en un nuevo planeta – Alan Greenspan La tarde del once de septiembre de dos mil uno me encontraba en el vuelo ciento veintiocho de Swissair, de vuelta a Washington tras una asamblea internacional or­dinaria de banqueros en Suiza

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La era de las turbulencias: Aventuras en un nuevo planeta – Alan Greenspan La tarde del once de septiembre de dos mil uno me encontraba en el vuelo ciento veintiocho de Swissair, de vuelta a Washington tras una asamblea internacional or­dinaria de banqueros en Suiza. Paseaba por el corredor cuando el jefe del destacamento de seguridad que me escoltaba en los viajes al extranjero, Bob Agnew, me paró en el corredor. Bob es un ex- agente del Servicio Secreto, simpático mas no en especial parlanchín. En ese instante tenía malísima cara. «Señor presidente —me afirmó con cal­ma—, el capitán quiere verlo delante. Se han estrellado 2 aeroplanos contra el World Trade Center.» Debió quedárseme cara de pasmado, por­que entonces añadió: «No es gracieta.» En la cabina, el capitán parecía nerviosísimo. Nos afirmó que se ha­bía producido un atentado espantoso contra nuestro país: habían secues­trado múltiples aeroplanos de pasajeros, de los que habían estrellado 2 contra el World Trade Center y uno contra el Pentágono. Otro estaba desapa­recido. Era toda la información de la que disponía, afirmó en su inglés con un ligero acento. Dábamos la vuelta cara Zurich, y no pensaba anunciar el motivo al resto de pasajeros. —¿Es necesario que volvamos? —pregunté yo—. ¿Podemos aterri­zar en Canadá? Me afirmó que no, que tenía órdenes de poner con rumbo a Zúrich. Vol­ví a mi asiento mientras que el capitán anunciaba que los controladores aéreos nos desviaban a Zúrich. Los teléfonos de los asientos quedaron desactivados en el acto, y me fue imposible contactar con tierra. Los co­legas de la Reserva Federal que habían estado en Suiza conmigo ese fin de semana ya se hallaban en otros vuelos. De forma que, sin forma de enterarme del desarrollo de los sucesos, no me quedó otra cosa que hacer salvo meditar a lo largo de las próximas 3 ho­ras y media. Miré por la ventana, el trabajo que me había llevado, los montones de memorándums y también informes económicos, olvidados en mi bolsa. ¿Eran esos ataques el comienzo de una conspiración más extensa? Mi primer pensamiento fue para mi mujer: Andrea es la correspon­sal jefe de Internacional de la NBC en Washington. No estaba en Nue­va York, lo que era un enorme alivio, y visitar el Pentágono no se hallaba en su agenda ese día. Supuse que estaría en la oficina de la NBC en el centro de la urbe, metida hasta las cejas en el seguimiento de la noti­cia. De tal modo que no estaba de manera profunda inquieto, me dije… mas ¿y si le había surgido alguna visita de última hora a un general del Pentágono? Me preocupaban mis colegas de la Reserva Federal. ¿Estaban a sal­vo? ¿Y sus familias? El personal andaría como orate para contestar a la crisis. Ese ataque —el primero sobre suelo estadounidense desde Pearl Harbor— pondría el país patas hacia arriba. La cuestión en la que debía concentrarme era si dañaría a la economía. Las posibles crisis económicas eran si quizás demasiado evidentes. Lo peor, que se me antojaba sumamente poco probable, sería un colapso del sistema de finanzas. La Reserva Federal está al cargo de los sistemas electrónicos de pago que trasfieren más de cuatro billones al día en dine­ro y valores entre bancos de todo el país y una buena parte del resto del planeta. Siempre y en todo momento habíamos pensado que, si alguien deseaba inmovilizar la eco­nomía estadounidense, el mejor procedimiento era quitar los sistemas de pago. Los bancos se verían obligados a reanudar las ineficientes trans­ferencias físicas de dinero. Los negocios recurrirían a los cambies y pagarés; el nivel de actividad económica del país caería en picado. A lo largo de la guerra fría, como cautela para un ataque nuclear, la Reserva Federal había incorporado un sinnúmero de redundancias a las instalaciones de comunicación y también informática de las que depende el sistema monetario. Tenemos todo género de salvaguardias a fin de que, por servirnos de un ejemplo, los datos de un banco de la Reserva Federal dispongan de copia de respaldo en otro ubicado a cientos de quilómetros de distancia o bien en alguna localización recóndita. En el caso de un ataque nuclear, volveríamos a estar en marcha en todas y cada una de las zonas no irradiadas con mucha rapi­dez. Ese sistema era el que Roger Ferguson, vicepresidente de la Fed, estaría activando ese día. Yo estaba seguro de que y nuestros colegas estarían tomando todas y cada una de las medidas precisas para sostener en fun­cionamiento el sistema mundial del dólar
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